martes, 8 de junio de 2021

La Cuerda Larga

Voy con una entrada de un estilo que ya casi no practico: el de la crónica de viajes. Y es una pena, la verdad: al releer entradas pasadas de mi serie de blogs, las dedicadas a viajes, que me permiten desenterrar muchos recuerdos bonitos, me hacen disfrutar mucho; ¡ojalá siguiese teniendo la paciencia y la voluntad como para elaborarlas, en vez de contentarme con un par de tuits que tiempo después ya ni sabré que existen! El viaje que relato en esta, encima, es ya de hace un mes: del pasado 8 de mayo; y ya se me habrán olvidado la mitad de las sensaciones de ese día. Pero bueno, hice muchas fotos, y al verlas ahora noto con alarma que están a punto de transformarse en una serie de fotos de paisajes de montaña a los que casi ya ni sé dar nombre, así que prefiero conservarlas aquí, para darles contexto y recordar qué es lo que vi ese día...

No sé muy bien cómo es que dije que "sí, me apunto", pero el caso es que hace cosa de un mes estaba, casi de madrugada, camino de la sierra, dispuesto a realizar con Raquel y dos amigos suyos la famosa travesía de la Cuerda Larga. Y digo que me sorprendió mi decisión porque esta ruta, entre otras cosas, tiene una cierta fama de ser bastante exigente, y yo no estoy precisamente en mi mejor forma física, tras más de un año sin casi salir de casa y bastantes más sin hacer deporte de forma regular...

La Cuerda Larga vista desde el sur, desde la sierra de Hoyo; otros elementos del paisaje. © Francisco H. Andrés

La Cuerda Larga es una ruta de montaña que une los puertos de Navacerrada y La Morcuera a lo largo de nueve cumbres sucesivas (cordal) que rebasan los 2.000 m snm.La dureza de la ruta estriba en su longitud (unos 25 Km; 21 si se evita la subida a La Najarra) y en la acumulación de subidas y bajadas. No hay además forma sencilla de "bajarse" a la mitad si uno se cansa o se lesiona, pues no pasa cerca de ninguna carretera; eso la verdad me hacía afrontarla un tanto ansioso, por lo que dije arriba. Por suerte todo fue bien, y a posteriori me causó bastantes más molestias el haberme quemado algo la cara con el sol que las agujetas de las piernas.

Perfil típico de la ruta. © Wikiloc

La logística de la ruta implica no solo proveerse de comida y sobre todo agua para todo el día, y de prever que, aunque en Madrid haga calor, arriba en el monte puede refrescar y hacer mucho aire; sino también pensar en cómo llegar y volver a casa tras la ruta. Hasta el puerto de Navacerrada uno puede llegar en transporte público, pero al de La Morcuera no (no siendo en taxi -o autoestop- desde Miraflores de la Sierra, a 10 Km puerto abajo), por lo que la gente (como fue nuestro caso) suele coordinarse con varios coches, madrugando para dejar uno en un puerto e ir luego hasta el otro, y así poder volver a por él luego con el primero. Una palicilla de carretera que añade unas 2 h en total a las que hay que dedicar a la ruta, pero bueno, la otra opción es dormir en destino y desandar a día siguiente lo andado... o hacerlo de vuelta corriendo el mismo día, que de todo hay en la viña del Señor.

La ruta, claro está, puede hacerse en ambos sentidos, pero lo más habitual suele ser comenzar desde el puerto de Navacerrada: haciiéndolo así se acumulan menos metros de subida, y además las más pronunciadas se presentan al principio, cuando uno está aún más fresco. Ese fue nuestro plan, y comenzamos a subir al Alto de Guarramillas a eso de las nueve y media dejando atrás los edificios del puerto: bloques de hoteles y antiguas residencias militares, neoherrerianos o directamente feos, en su mayor parte abandonados; relictos de una época en que por una parte aún había mucha nieve en Madrid, y por otra el pijerío local no lo era tanto como para poder escaparse hasta Andorra o Sierra Nevada.

Esta primera subida no ataca al monte por el medio y medio, sino que zigzaguea por su cara sur. Toda la Cuerda Larga es una sucesión de amplias vistas si el día está claro; estas primeras permiten ver primero, al fondo del vale de La Barranca, el pequeño embalse de Navacerrada, y al fondo el de Valmayor, con su característica forma de V o de gancho. A la derecha en la foto, hacia el SO en el mapa, se suceden tras la figura más angulosa del Abantos los picos cada vez menores de la sierra de Guadarrama, hasta llegar ya a Gredos y volver a tomar altura, pero la reverberación no deja ya ver tanto.

En el último tramo de subida el sendero empalma con la pista de hormigón que permite acceder a la cumbre tanto a los operarios de la estación de radio como a los ciclistas de las Vueltas a España.

El Alto de Guarramillas es mucho más conocido por su mote de la "Bola del Mundo", relacionado con estas antenas tan coloridas y que permiten identificar este monte desde lejos sin problemas. 2265 m snm, primera cumbre del recorrido. Si atiendo a la hora de las fotos, llevamos apenas tres cuartos de hora caminando.

Y todavía nos quedaba bastante, así que ¡hala, p'alante! Desde lo alto de la Bola del Mundo se intuye buena parte del resto del cordal: el cerro de Valdemartín primero, que será el siguiente alto, y detrás las Cabezas de Hierro, que vienen luego. Más a lo lejos se intuyen grandes bloques graníticos, mezcla de La Pedriza y de su continuación en la sierra de la Cabrera. Todoos estos montes que menciono son plenamente madrileños...

... sin embargo aquí se encuentra también la cabecera del valle de Lozoya, que discurrirá todo el tiempo en sentido oeste-este, constituyendo el flanco norte de la ruta. Los montes que lo cierran por el norte forman otro cordal distinto dentro de la sierra de Guadarrama: los montes Carpetanos, por cuyas cumbres pasa la divisoria con Segovia. El picacho más alto y nevado que se ve es Peñalara, la cumbre más alta de ambas provincias (2428 m snm). El desastre de pistas de tierra que se ve en primer término es Valdesquí, que si no me equivoco, tras la no renovación de concesión de la estación de Navacerrada desde este año, será el próximo invierno la única estación de esquí de la Comunidad. Que tenga o no nieve ya será otro cantar...

Bueno, que me pierdo en divagaciones. La empinada y derecha subida al cerro, que se hizo algo dura, la hicimos acompañados aún de varias personas; bastante gente se plantea excursiones de ida y vuelta desde Navacerrada hasta aquí, o tal vez hasta las Cabezas. Pero desde estas, y hasta que nos fuimos acercando al final de la ruta, ya con poca gente nos íbamos a cruzar.

Finalmente, cumbre del cerro de Valdemartín, 2280 m snm, once de la mañana. La cumbre está en la antenita esa, y saco la foto "hacia atrás" (que se ve Guarramillas al fondo) porque hacia el otro lado, con el sol, no salió allá muy bien.

Siguiente destino casi al alcance de la mano: las Cabezas de Hierro, el punto más elevado de la travesía.

Del Cerro de Valdemartín a las Cabezas hace uno la última subida empinada obligatoria (más de esto luego) de la ruta. Justo antes de llegar a la cumbre de la primera cabeza, y más con el aire que hace, puede ser buena idea descansar un poco y hacer las fotos que desde arriba uno no podrá hacer con la misma comodidad.

Mirando hacia atrás se ve cómo desde la Bola del Mundo uno hubiera podido desviarse hacia el sur para hacer cumbre en La Maliciosa, mucho más accesible desde esta cara que subiendo desde Navacerrada o Becerril de la Sierra, localidades a la que muestra su cara más rocosa y temible, que la hace reconocible a gran distancia. El valle que se abre a su abrigo y el del Cerro de Valdemartín es el Ventisquero de la Condesa, de cuyas nieves acumuladas y otras surgencias de agua nace el Manzanares.

Desde este tramo comienza a verse bien La Pedriza, el gran macizo de bloques graníticos contiguo a la cara sur de la Cuerda Larga, también fácilmente reconocible desde lejos. Y se ve el embalse de Santillana, primera gran presa que recoge las aguas de un Manzanares casi recién nacido. Tanto Madrid hacia un lado como Segovia hacia el otro se ven también desde aquí, pero intentar fotografiarlas con la reverberación del día soleado y medio húmedo es pedirle ya demasiado a mi móvil...

Doce y cuarto, Cabeza de Hierro Menor (2374 m snm), comienzan a pesar las subidas. Las Cabezas son una cumbre doble, y la Mayor está ahí tan al alcance de la mano que es una pena detenerse; mejor seguir.

En este tramo más alto de la travesía quedan aún algunos neveros, pese a estar las laderas orientadas al sur; todavía había nevado un tantico el fin de semana anterior. La nieve no estorbaba para pasar, y siempre adorna y hace ilusión tocarla; mucho mejor así, domada, que filomenizando la ciudad.

Y ya por fin, techo de la Cabezas y segunda cumbre más alta de la Comunidad tras Peñalara (que se ve en la imagen): Cabeza de Hierro Mayor (2381 m snm), doce cuarenta de la mañana.

Una vista atrás hacia su hermana pequeña, de la que veníamos. Los que conozcáis la zona tal vez os estéis preguntando por qué narices no hice la típica foto del/junto al vértice geodésico de lo alto del monte. Pues bien: mucha gente queriendo hacer lo mismo (de hecho a una pareja les hice yo la foto; creía que con el virus ya no se pedían estas cosas), y mucho viento; un viento que por veces pasaba de desagradable a casi peligroso. Pero bueno, igualmente si conocéis la zona reconoceréis los paisajes y veréis que no os engaño.

Paramos a comer algo en lo más alto, pero a sotavento (increíble la diferencia de bienestar solo con ponerse a resguardo de un bloque rocoso grande). Y tocaba después continuar hacia las cumbres, más accesibles, de la segunda mitad de la travesía: primero la Loma de Pandasco, que casi no destaca en el perfil del cordal, y al fondo, sin distinguirse bien desde aquí, Navahondilla y el Asómate de Hoyos.

Bajando de Las Cabezas, este reconocible bloque solitario, Peña Vaqueros, se sitúa aproximadamente en mitad de toda la Cuerda Larga.

Nos dieron las dos de la tarde en la Loma de Pandasco (2247 m snm, pero como solo resalta nueve metros del terreno circundante uno se la salta casi sin darse cuenta). Al fondo, Navahondilla y el Asómate, tras atravesar una planicie de vegetación rala, abrasada por el sol, el hielo y el aire.

Ya desde las Cabezas, se contempla en toda su extensión hacia el norte todo el valle del Lozoya, principal núcleo lobero de la Comunidad de Madrid.

Y hacia el otro lado quedan las mil formaciones caprichosas de La Pedriza. Los entendidos las reconoceréis y sabréis darles nombre; yo todavía no llego a tanto.

Pues nada, seguimos andando. No me gusta decir que este tramo es "feo"... pero sí, es feo. Y, aunque llano, se hace largo.

Casi se agradece volver a subir hacia Navahondilla, el siguiente pico de la ruta, y volver a ver grandes peñas y, a su amparo, vegetación algo más criada.

Tres de la tarde. Mirando atrás desde lo alto del Navahondilla (2234 m snm), desde donde se identifica bien el perfil cortado en vertical por el sur de La Maliciosa, se ve toda la cuerda que viene uno de hacer desde Las Cabezas. Estos montes que quedan a los lados del gran batolito de La Pedriza están formados por las rocas que se metamorfizaron al ser comprimidas, desde el centro de la tierra como quien dice, por la elevación de esa masa granítica interna.

Me refiero a los gneis, claro, y a su característico aspecto de Comtessa por la alternancia de chocolate (micas: biotita) y nata (cuarzo y feldespato).

Desde Navahondilla, la cumbre del Asómate de Hoyos se ve casi al lado, y no cuesta llegar.

Y allí estábamos unos minutos más tarde (2242 m snm), una cumbre de grandes bloques de piedra. Al abrigo de ellos comimos por segunda vez, o merendamos por vez primera, lo que prefiráis.

El Asómate no es que permita asomarse ya mucho por perspectiva hacia La Pedriza...

... pero sí permite ver bien las dos cumbres que quedan en la ruta: la Loma de Bailanderos primero, y La Najarra luego. Desde aquí la Cuerda Larga deja de ir en sentido estricto oeste-este para desviarse algo hacia el noreste; "hacia la izquierda", viniendo como veníamos nosotros). Si uno desciende en cambio "hacia la derecha" llega a varias rutas que atraviesan el tramo oriental de La Pedriza.

El Collado de la Peña de Los Lobos (lugar que, como dije arriba, seguramente vuelva ahora a hacer honor a su nombre) une el Asómate de Hoyos con la Loma de Bailanderos. Se recorre rápido, pues la bajada desde el Asómate es pronunciada.

Pero toca después subir, claro. No mucho, pero es un ascenso medianamente complejo porque muchas veces, más que por sendero, va uno saltando de piedra en piedra. Lo de "bailanderos" le viene precisamente de que muchas de las rocas, en equilibrio precario unas sobre otras, oscilan al ponerse uno encima.

Cuatro y media de la tarde, hacemos cumbre en Bailanderos (2133 m snm). Mirando atrás se ven unas bonitas últimas vistas de La Pedriza y del embalse de Santillana; y también el solitario Cerro de San Pedro, junto a Colmenar Viejo.

Hacia delante de nuevo el Cerro, y también nuestro siguiente destino: La Najarra; y el pequeño embalse de Soto del Real a la derecha. La visibilidad del día no era excepcional y tampoco lucen tanto las fotos de paisajes; además por la tarde ya se iba nublando un tanto (por nosotros mejor, que ya llevábamos suficiente solanera encima de todo el día).

Y ya, como decía, el último pico de la Cuerda Larga, La Najarra. Al llegar a su base el camino se bifurca: puede uno tanto seguir una senda ya sin desnivel hasta el puerto de La Morcuera, o subir en cambio este último pico. Reconozco que, pese a no estar especialmente cansado, por pereza bien me hubiera gustado ahorrármelo... pero como iba con un grupo de motivados que querían subir sí o sí, y no me apetecía tener que estar esperándolos en el coche luego, pues bueno, p'arriba que fui yo también.

Subir a La Najarra no solo añade casi cuatro kilómetros más a la ruta, sino que estos son en forma de una subida pronunciada y una bajada mucho peor, de las que te dejan las rodillas fastidiadas. Pero claro, esto uno lo descubre cuando ya lo ha hecho, y no antes... en fin. Subiendo subiendo hacia la cumbre de grandes rocas, deja uno primero a un lado un refugio de acceso libre...

... de "acceso libre" básicamente porque no tiene puerta. Es una cabañita de piedra minúscula, donde caben dentro dos personas tumbadas (o tres, si se quieren mucho) y poco más. Le iba a sacar una foto al interior para que lo vieseis, pero ya estaba ocupado por gente y no me pareció decoroso (esa es otra, que tú puedes tener la idea de dormir ahí pero llegar y encontrártelo ya ocupado). Vistas bonitas tiene, eso sí.

Y por fin, a las cinco y media, llegamos a lo alto de La Najarra (2120 m snm); ya no va a haber que subir más. Toca echar la vista atrás y ver de dónde viene uno...

Hacia atrás a un lado, el extremo de La Pedriza y el Cerro de San Pedro. La línea derechita que se ve es la vía que me lleva a Galicia cuando toca visita, antes de enterrarse bajo la Sierra a la altura del vertedero de Colmenar Viejo.

Y hacia atrás al otro lado, inmediatamente delante el batiburrillo de Cuerda Larga y senda de los que venimos. Y a lo lejos ya, al otro lado del valle del Lozoya, todo el otro cordal de los Montes Carpetanos, con Peñalara destacando sobre los demás.

Delante queda la bajada, claro, que ya veis qué empinada se presenta. Al otro lado del puerto de La Morcuera, donde vamos, se inicia la sierra de La Morcuera, que sería como la continuación de nuestro cordal. Una senda la recorre por arriba también, uniendo este puerto con el de Canencia, casi diez kilómetros más allá. No entiendo cómo a nadie se le ha ocurrido bautizarla como "la Cuerda Corta", la verdad...

Y ya llegando abajo se abre todo el valle que baja hasta Miraflores de la Sierra, y más allá hasta el embalse de Pedrezuela/El Vellón. Cansados, pero enteros, pasadas las siete de la tarde llegamos al coche que habíamos dejado por la mañana, para volver con él al puerto de Navacerrada una vez más, a por el otro; y luego a casita.


Y esto en cuanto a la ruta. Acobardado ante la perspectiva de tener que hacer un esfuerzo físico mucho mayor del que al final fue, me había planteado el día como una jornada de "puro senderismo": agua, comida y ropa de abrigo; ni prismáticos ni cámara. Ni estuve especialmente atento pues ni me paré tampoco demasiado con bichos y plantas, que además el viento, inmisericorde todo el día, tampoco invitaba a ello. No me dio la impresión de perderme gran cosa "a bulto": algún buitre nos pasó por encima, y ya en La Najarra vimos algunas cabras montesas; pero nada más así de pelo o pluma, no siendo el canto casi constante de las alondras comunes que crían en estos páramos alpinos. Sí me paré con algún bicho pequeño que nos salió al paso, y con las flores más abundantes de la jornada:

Iberodorcadion hispanicum. Este género de escarabajos longicornios, que habita normalmente terrenos montañosos, está muy diversificado en nuestro país, donde abundan las especies exclusivas de determinados sistemas montañosos. No son de fácil identificación, pero tampoco suelen coincidir geográficamente; esta especie es la que corresponde a la Sierra de Guadarrama.

Iberolacerta cyreni. La lagartija carpetana es una especie de otro género igualmente con varias especies exclusivas de zonas montañosas del norte y centro peninsulares, como esta, propia de las cumbres del Sistema Central. Las Iberolacerta, que resisten bien las condiciones frías, fueron las lagartijas dominantes en Europa durante los últimos periodos glaciales, pero durante el último episodio de calentamiento las sustituyeron las Podarcis, mucho más amantes del calor, y estas fueron quedando relegadas a las cumbres (todas las especies en la Península, salvo una en los Balcanes). Este machito debía de haberse despertado no hace mucho de la invernación; todavía le faltaba por coger el bonito tono turquesa que tienen en el apogeo de la época de cría.

El frío y la sequedad del suelo pedregoso son factores que limitan bastante la diversidad de especies vegetales, que suelen además crecer todas con forma de pequeños cojincillos, moldeados por el viento, y que protegen un núcleo interior algo más cálido y húmedo. Sin embargo, las pocas especies que consiguen adaptarse se encuentran una buena extensión de terreno solo para ellas, y pegadas al suelo, y entre las grietas, estas cuatro fueron con diferencia las especies más comunes de toda la Cuerda Larga:

Cerastium ramosissimum

Gagea sp. (¿Gagea nevadensis?)

Ranunculus sp.

Armeria caespitosa

Y por último un piorno (Cytisus oromediterraneus), que estaban de aquellas empezando a amarillear y que deberían ahora un mes más tarde haber transformado buena parte de las cumbres en una inmensa y olorosa alfombra amarilla.


Finalizo con una imagen de grupo, para acordarme a la vuelta de los años de la gente tan requetemaja con la que pasé este día...

Y con otra mía, ya en La Morcuera, donde se me ve mejor la cara y además que, tras 25 Km de subebaja, sigo fresco como una lechuga. Que nunca se sabe quién puede entrar aquí buscando pareja...

Y nada, si la ruta os ha gustado y tal vez os apetecería hacerla, estos tres enlaces que pongo ahora la cuentan bastante mejor que yo, con fotos y demás:

http://gmpatapumparriba.blogspot.com/2013/06/la-cuerda-larga-sierra-de-guadarrama.html

https://aquienlasierra.es/sierra-de-guadarrama/ruta-cuerda-larga-nueve-cumbres/72437/

https://es.wikiloc.com/rutas-senderismo/cuerda-larga-del-puerto-navacerrada-al-puerto-la-morcuera-sierra-de-guadarrama-4679054

domingo, 30 de mayo de 2021

Un título que se queda pequeño (libros de 2021, 7/x)


Pequeño por lo escueto, digo; el título no define muy bien este libro, pero tampoco se me ocurre ninguno alternativo breve y con gancho, la verdad... Madrid (de Andrés Trapiello, Ediciones Destino, 2020) es un libro sobre la ciudad, pero mucho más que eso: es básicamente el relato de un (de otro) madrileño de adopción, que tras décadas de recorrer las calles de la capital, recoge en estas páginas el alma de la ciudad. Un alma bien definida, pero que no le viene dada por ser especialmente bonita o agradable para vivir (porque, objetivamente, no lo es; y tampoco lo contrario, sino muy del montón), sino por ser el lugar donde (casi) todos los que llegan de afuera se sienten enseguida acogidos y queridos; una ciudad donde uno no le tiene particular cariño a tal o cual plaza o calle por lo elegante que es, sino por lo feliz que ha sido en ella. Eso hace de Madrid una ciudad mucho más viva en las páginas de un diario que en una colección de tarjetas postales, por ejemplo, y este libro sabe conjugar muy bien ambos aspectos: el de describir una ciudad a partir del relato de cómo el autor ha vivido en ella. No en vano la obra más popular de AT, escritor, editor y tipógrafo, es su Salón de pasos perdidos: su colección de diarios, aún en marcha y ya por el tomo 23. En los dos primeros tercios del libro, el autor tira de sus recuerdos madrileños (desde que llegó a vivir a la capital desde León sin ser aún ni mayor de edad, hace cuatro décadas) para ir hilvanando con ellos diversos periodos de la historia de la ciudad: por ejemplo, sus primeros meses en la ciudad, en un piso compartido y en una pensión de Carabanchel, le dan pie a hablar de los barrios obreros del sur y de una ciudad en pleno proceso de modernización urbana, que va dejando atrás el chabolismo. O sus investigaciones sobre la figura de Cervantes para escribir una serie de libros, le permiten presentarnos el barrio de Las Letras y el Madrid del Siglo de Oro. Aunque no siga un orden temporal estricto, sí menciona todo lo reseñable del Madrid medieval, del moderno y del contemporáneo; y de sus edificios y sus gentes, las notables y las menos, prestando especial atención a lo que de Madrid han contado en sus obras otros escritores (deformación profesional). El último tercio del libro es una sucesión de capitulillos cortos, más a modo de enciclopedia, dedicados a elementos particulares de la (vida de la) ciudad: la arquitectura, la gastronomía, el cine... y a personajes destacados (para el autor) de su vida cultural: Goya, Galdós, Gómez de la Serna... Por algún motivo que se me escapa, mi edición del libro (la octava, de marzo de 2021) viene acompañada de un folletín de tapa dura que reproduce tal cual algunos de estos breves capítulos finales.

Y Madrid todo lo puede, el opúsculo que acompaña al libro

Madrid ha sido mi primera aproximación a la obra de AT, pero una que tarde o temprano sabía que iba a llegar: y es que AT es uno de los escritores preferidos de AR, mi amigo de muchos años ha y mentor en esto de los blogs, que reseña pormenorizadamente cada uno de los tomos del Salón en cuanto se publican (y también este libro). Tenía ganas de empezar a leer algo de AT por imitarlo (no es ninguna vergüenza copiar, si uno copia de los buenos), pero me daba pereza coger unos diarios así a la mitad, y más aún cogerlos desde el principio. Por eso, al enterarme de la existencia de este libro por la entrada que enlazo, me pareció que sería un primer bocado más fácil de ingerir. Y me ha gustado, la verdad: las partes que combinan diario con historia, mucho, y las otras no me han estorbado. Me quedo con la sensación de que el libro cuenta de Madrid todo lo que merece la pena saberse por "cultura general", y aún más allá; y con el remordimiento de dármelas de madrileño de adopción (¡como si hubiera tantos de otro tipo!) sin haber entrado en la mitad de iglesias y museos que nombra; sin saber situar tantas de las calles, aunque sepa que he pasado por ellas...

Por que no se quede esto en una alabanza sin "peros", contaré también las cosas que menos me han gustado. Para empezar, y tal vez por la falta de una línea cronológica o geográfica estricta, hay varios pasajes que se parecen, cuando no se repiten casi palabra por palabra, sobre todo entre la sección "diario histórico" y el último tercio de "capítulos enciclopédicos". Esta última sección de hecho, por más que contenga datos interesantes, se me hace un poco pegote con el resto del libro: son como las notas al pie de un libro normal, pero con elefantiasis. Y además, el final del libro "normal", antes de esta sección, se me antoja tontamente brusco, como si le faltasen aún un par de capítulos. Por deformación personal mía, me chirrían algunos datos de naturaleza que menciona a veces, aunque no me los he anotado; me llama especialmente la atención que más de una vez incide en que "la acacia" (entiendo que se refiere a Robinia pseudoacacia, por la alusión a las flores blancas olorosas que comen los niños) es el árbol más característico de Madrid: y es verdad que las hay en buen número, pero abundan bastante menos que otras especies como plátanos u olmos siberianos. Se lo perdono sin embargo por las breves líneas cariñosas que dedica a los vencejos, elemento pequeño, pero clave, de la esencia veraniega de la capital. En la medida en que es un libro que contiene abundante material histórico sobre hechos y personajes, resulta difícil, si no imposible, que la ideología del autor no se deslice la forma de relatarlos. AT, que estuvo ligado en su día a UPyD, después de simpatizar con Ciudadanos es uno de tantos que reconoce ahora haber votado a Ayuso por orfandad, más que por convicción; y creo que este apunte basta para, en este libro concreto, no llevarse sorpresas por cómo trata tal o cual aspecto. Me parecería de bobos el leer o dejar de leer Madrid en base a esto, pero me parecería igualmente injusto no mencionarlo en esta reseña. Reseña que va camino de prolongarse caso tanto como el libro reseñado, así que mejor la dejo estar ya...

domingo, 25 de abril de 2021

Un himno a la vida en el Yorkshire rural (libros de 2021, 6/x)


Con este libro no me he tenido que esforzar en sacar fotografías de cubierta y contraportada; como lo recibí así sin su forro original me creéis si os digo que ahora ambas lucen igual. Pero el ángulo sí os permite ver en el lomo de qué libro se trata (Todas las criaturas grandes y pequeñas, de James Herriot. Editorial Grijalbo, 1975); y hasta las 300 pesetas marcadas a lápiz en la esquina de la guarda que costó en algún momento de su dilatada existencia, que se traduce en los agradabilísimos tono sepia y olor del papel...

El argumento del libro es sencillo de resumir: James Herriot, pseudónimo del protagonista y autor, escribe sus memorias como veterinario rural por los valles de Yorkshire a finales de los años 30; todo el libro se estructura en multitud de pequeños capítulos, cada uno generalmente sobre una anécdota concreta, y con multitud de personajes que aparecen y desaparecen a lo largo de sus muchas páginas. Este es el último de los libros regalo de Reyes que me cayeron este año, y he tardado en leerlo porque temía que me decepcionase. Me explico: lo había cogido en la biblioteca y leído de pequeño varias veces con fruición y, aunque tenía ganas de releerlo, albergaba el temor de que me decepcionase; de que me pareciera simplón, aburrido o algo así... como dice la canción de Sabina, con razón muchas veces, "al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver". Pero con este libro en concreto me alegro de haber vuelto: a pesar de que no hace mucho vimos mi hermano y yo la serie reciente basada en el mismo (y en los que vienen detrás; son cuatro libros, creo), y tenía por eso bastante frescas muchas de las anécdotas, ha seguido gustándome muchísimo: es un libro de paisajes y personajes muy vivos, y además muy divertido, y me dio tanta pena terminarlo que estuve a punto de releerlo al momento (cosa de que de pequeño hacía a menudo). Así que nada, como podréis suponer, os lo recomiendo sin reservas.

Como última nota, mencionar que el título del libro (y el del siguiente de la serie: Todas las cosas bellas y hermosas) son versos de uno de los himnos litúrgicos anglicanos más conocidos. Lo he mencionado más veces en las precuelas de este blog: si algo saben hacer bien en los países anglosajones es cantar en la iglesia.

sábado, 10 de abril de 2021

Tortillitas de charrán (libros de 2021, 5/x)


 Desde luego, ¡a veces compro cada libro más aleatorio...! Os cuento primero de qué va este (Orange omelettes and Dusky wanderers, de Chris J. Feare. Calusa Bay Publications, 2016) para que os hagáis una idea: el autor, de aquellas joven biólogo que apenas había defendido su tesis y estaba iniciando su carrera investigadora, es contratado a principios de los 70 para llevar a cabo un censo y estudio de la productividad de las colonias de charrán sombrío (Onychoprion fuscatus) de Seychelles, donde se consumen sus huevos durante la temporada de cría, con objeto de elaborar un informe que permita realizar una explotación sostenible de este recurso natural. El autor ha seguido desde entonces trabajando con esta especie, en Seychelles y en otras regiones del mundo, y recoge en este libro tanto sus memorias del trabajo de campo como datos y reflexiones sobre la conservación de la naturaleza en esta nación insular. Resulta muy interesante leer cómo refleja la evolución de Seychelles a lo largo de sus cuatro décadas de trabajo allí, desde la situación de un país recién independizado y con una economía casi de subsistencia (donde por no haber no hay ni aeropuertos, y los desplazamientos entre muchas de las islas se hacen aún a remo) que ejerce una presión limitada sobre su entorno, pero donde todavía no hay ninguna conciencia ecológica; hasta su situación actual como un lugar eminentemente turístico que ejerce una presión mucho mayor sobre el medio, pero que por el contrario intenta explotar una imagen de destino de naturaleza virgen y que por tanto se esfuerza por crear y mantener reservas.

La acción de tres de los cuatro libros que llevo leídos este año se desarrolla en África, tanto al norte como al sur del Sáhara, y con este completo un poco mi recorrido por el continente acudiendo a sus regiones insulares; fue un poco también con esa idea de tener una visión global de la naturaleza africana por lo que me compré este libro (que ahora he releído) cuando estaba de postdoc en Sudáfrica. No recuerdo qué opiné del libro de aquellas; ahora me ha parecido interesante, pero no me ha cautivado, no me ha hecho retrasar el momento de cerrarlo a la hora de acostarme cinco minutos más (al contrario que el anterior o que el que estoy leyendo ahora). Pero bueno, que no sea un libro que "enganche" no quiere decir que no merezca la pena: no es una novela, sino una colección de datos y anécdotas que por separado resultan muy entretenidos y vivos, aunque no se hilen bien formando una única historia. Desde luego se lo recomendaría sin dudarlo a cualquiera que planee visitar la zona, o siquiera tenga un somero interés en ella.

viernes, 26 de marzo de 2021

Wishlist

Cada primero de año me da por hacer balance de las especies nuevas que he visto el anterior. Por "especies nuevas" se suele sobrentender que me refiero a "de aves"; y suele ser verdad, porque son las que me hacen más ilusión, pero no solo: incluyo en estos balances todos los vertebrados nuevos, y suelo acordarme también de algún invertebrado o vegetal que me hiciese especial ilusión o que recuerde con particular cariño... pero ¡qué le vamos a hacer!, los terópodos mandan, y tiran más dos Parus que dos carretas.

La cosa es que mi afán listero está un tanto desinflado. Tampoco es que eso sea malo; de hecho esta afición corre permanentemente el riesgo, a nada que uno se implica, de derivar en una competición absurda por ver quién la tiene más larga; y de cambiar al hacer un viaje el disfrute del placer de estar en el campo por la ansiedad de tener que subrayar un nuevo nombre en la guía (yo subrayo, no "hago check"; y sí, escribo en mi guía, get over it)... pero bueno, a veces sí lo echo de menos. Por una parte, lógicamente cuantas más especies ve uno más difícil es seguir sumando, claro. Por otra parte, hace unos años me movía más con amigos muy pajareros, activos en las redes de información, dispuestos a salir de improviso y a hacer viajes específicos para ver tal especie escasa o la rareza X, aunque el entorno no fuese bonito (un desagüe en un área industrial, pongamos por caso). Ahora suelo salir al campo más "a caminar", a ver tal o cual paisaje... también lo estoy disfrutando mucho, o incluso más, pero es diferente. Total que hace bastante que tengo descuidado, no ya el tirar de cuaderno de campo cuando salgo, por más vergüenza que me dé reconocerlo, sino directamente mantener una lista de qué llevo visto y qué no. Pero es cierto que tener una lista física que revisar le ayuda a uno a recordar con cariño, las tardes ociosas de domingo, excursiones y otros momentos del pasado... Así que me dio por ponerme a ello: hacía mucho que no actualizaba mis listas de España y del Paleártico occidental (aka WP, Western Palearctic), y me he llevado el pequeño chasco de ver que la española apenas sí asciende a 354 especies (que no está nada mal, es solo que la hacía más alta, la verdad), pero la alegría de que la del WP supera por fin las 400 (está en 411), gracias sobre todo al empujón que supuso el mes que eché en Israel en 2018.

Y con miras a ir recuperando la ilusión de salir al campo más, y de hacer planes a medio y largo plazo, me pareció correcto dedicar una entrada del blog a escribir el complemento perfecto a la lista de lo que ya se ha visto: la de lo que se quiere ver. Una carta a los Reyes, vamos. Y dividida por regiones, esto es lo que me sale:

PENÍNSULA

- Hay un primer Top 5 de especies que me fastidia mucho no haber visto aún, que son las cinco especies reproductoras en España que me faltan por ver: os las ordeno de más deseada/en teoría sencilla de ver a menos tirando de las imágenes y de los mapas de distribución del ya bastante desfasado Atlas de las aves reproductoras de España de 2003, enlazando la ficha correspondiente, por si queréis curiosear por dónde y en qué hábitats se mueven:

1. Alzacola rojizo Erythropygia galactotes

Las poblaciones de este habitante de zonas semiáridas con arbustos (viñedos y olivares tradicionales, zonas de monte abierto...) están bastante de capa caída debido a la intensificación agrícola. Es además de los migrantes que más tarda en llegar de África, lo que hace que para verlo haya que ir a un secarral en verano, cosa que mis amigos no suelen estar muy por la labor de hacer. Pero de todos los de la lista es el que más ganas tengo de ver, no ya porque sea más bonito que los demás, sino por el puro concepto de "espina clavada".

2. Gorrión alpino Montifringilla nivalis

Hay una forma muy sencilla de ver esta especie, que es ser esquiador y subir a las estaciones de montaña en invierno, donde suelen estar picoteando migas, como gorriones que son. Pero como yo no soy de esos, y a la montaña subo en verano, entonces hay que subir mucho, porque estos bichos hacen honor a su nombre. En verdad he estado en áreas en principio adecuadas para verlos en Pirineos, pero no ha sonado la flauta; en fin, ya caerá...

3. Camachuelo trompetero Bucanethes githagineus

Esta especie de zonas desérticas es común en las Canarias orientales (y cada vez más en las otras también), y seguramente acabe viéndola allá. Colonizó zonas áridas del sureste peninsular a finales del siglo pasado y continúa expandiéndose poco a poco: cría en las sierras litorales de la zona y en invierno desciende a zonas de playa: en el cabo de Gata, zona típica, lo busqué sin éxito en enero de 2016. A ver si se puede hacer algún otro intento...

Este pájaro carpintero es tan escaso en España, y está tan localizado (menos de 100 parejas en hayedos pirenaicos navarros maduros), que en realidad nunca he llegado a plantearme hacer algún viaje para verlo. Sin embargo justo ahora, a principios de primavera, no debería de ser tan difícil detectarlo si uno sabe dónde mirar: están los bichos en celo y moviéndose mucho, y los árboles aún sin hojas, de modo que las posibilidades de verlos se multiplican. Queda para algún otro año.

5. Urogallo Tetrao urogallus

¡Ay, si los urogallos fuesen aún tan no-comunes como en 2003! Pero esta especie se nos va delante de las narices y, siendo aún bastante más abundante que la especie anterior (¿algunos cientos de parejas?), es tan sensible a las perturbaciones humanas que me da mucho reparo siquiera intentar verlo, así que seguramente se quede en esta lista de forma indefinida. Y me fastidia tanto más en cuanto que una vez sí lo escuché volar: estando en el pirineo leridano alguna cosa inmensa revoloteó pesadamente entre los pinos; yo no lo vi, y mis acompañantes, ¡ay!, sí...

- Finalizado el top 5 de especies que como son reproductoras como que las nota uno "más de aquí", y da más rabia no haberlas visto, vendría después una lista bastante mayor de especies migrantes no rarezas que oye, me apetecería bastante ver. Ver las que sí son rarezas también me apetece mucho, claro, o citar alguna vez una primera para España, ya puestos a soñar; pero la ¿gracia? de las rarezas está en su imprevisibilidad, y estas que menciono ahora sí son lo suficientemente regulares como para saber dónde podría esperar verlas. Hablo por ejemplo de algunas aves marinas que me faltan, como varios paíños, el frailecillo, el págalo rabero o el charrán rosado; y que tal vez caigan la próxima vez que pueda hacer una salida pelágica o me dé por sentarme en Estaca de Bares a aburrirme viendo cómo se me escapa la vida en época de migración. Hablo de algunas limícolas que al ser cada vez menos escasas se han caído de la lista de rarezas, como los correlimos pectoral y canelo. Podría meter también al carricerín cejudo y al bisbita gorgirrojo, paseriformes que nos visitan escasamente durante los pasos y que tengo muchas ganas de ver. Y por último metería el buitre moteado, especie africana de presencia habitual en la zona del Estrecho.

- Por último, para terminar de engrosar mi lista ibérica me gustaría meter algunas especies que no he visto en España, pero sí allende nuestras fronteras. Algunas sí serían rarezas aquí, y otras (ya) no, "solo" migrantes escasas. Hay, como en el párrafo anterior, un batiburrillo, un poco de todo: aves costeras y acuáticas como el charrán ártico o la pagaza piquirroja, el avetoro o la gaviota enana; rapaces como el aguilucho papialbo o las águilas moteada y esteparia, paseriformes como la lavandera cetrina, el mosquitero silbador o el papamoscas papirrojo; y hasta una especie reproductora, localizada sin ser demasiado escasa: la perdiz pardilla.

RESTO WP

El WP típico de las guías (Imagen)

Puestos a soñar... puestos a soñar, algún día se irá el maldito virus, y también tendré dinero, tiempo y sobre todo ánimos para volver a hacer viajes, que es algo que a día de hoy me agota de solo imaginarlo. Pero algún día volveré a coger un avión o un barco; algún día volveré a salir de la Península. Y ese día... ¿dónde querré ir? Pues seguramente no os parezca que escojo destinos muy exóticos, pero mira, a mí me da igual; cada uno encuentra el gusto a su manera:

- Me gustaría ir lo primero de todo a Fuerteventura, a completar mi lista española con las especies norteafricanas presentes allí (corredor sahariano, avutarda hubara, tarro canelo, tórtola senegalesa, rabijunco etéreo...), más la bonita tarabilla canaria como endémica. Y ya que estamos, y para completar las endémicas de Canarias, habría que escaparse alguna vez a Gran Canaria para ver el recientemente splitado pinzón azul. Y también me haría mucha ilusión ver todas las especies endémicas de reptiles del archipiélago, y los hábitats que me faltan, ¡por supuesto que sí!

- Y después de Fuerteventura, mi destino soñado es Córcega, ya veis: que tiene un buen conjunto de endemismos, tanto aviares, de la isla o la región tirrénica (trepador corso, verderón corso, currucas sarda y subalpina), como de herpetos, para lo que estaría genial añadir Cerdeña a la visita.

- A mayores de Fuerteventura y Córcega, la verdad es que creo que me haría más ilusión ir sumando "de casualidad" especies centroeuropeas "comunes" ausentes en España que plantearme viajes específicos a regiones exóticas. Pienso en aves del entorno alpino, como el grévol, la perdiz griega, el mochuelo chico o el cascanueces. O en aves escandinavas como el lagópodo común, varios búhos, patos, pájaros carpinteros o paseriformes árticos. O pienso en moverme más hacia el sureste, que en Grecia y el este europeos empiezan a aparecer varios paseriformes orientales interesantes: zarceros, currucas, collalbas, el carbonero lúgubre...

- Si "me obligáis" a hacer viajes más currados, el corazón me pide tirar hacia las islas antes que hacia cualquier otro lugar. Ver las endémicas de Madeira o Cabo Verde, claro que sí; ver porrones islándicos en, ejem, Islandia; o lagópodos, pardillos piquigualdos, piquituertos y araos aliblancos en Escocia. Ver las endémicas de Chipre, un gustazo...

- En terreno continental, creo que lo que más ilusión me haría sería volver a Israel con tiempo y con la cabeza despejada, ¡la de cosas que se pueden ver allá en primavera y otoño! Después de eso, me gustaría ver aves saharianas en Marruecos. Y eventualmente, y si algún día consiguiese vencer mis miedos y perezas, las maravillas aladas de las montañas caucásicas.

¿¿¿Y además???

¿Pero queréis que sume aún más destinos? ¡Si no voy a tener ni tiempo ni dinero! Habrá que ser realistas... Pero bueno, puestos a que nos toque el Euromillón sin jugarlo, me gustaría (por no mear muy lejos del WP) visitar Omán, y las montañas de la Arabia Felix cuando se pueda, que están llenas de especies que me llaman muchísimo la atención. Y saltar de ahí a Socotra, otra isla maravillosa. Y siguiendo con la temática insular, visitar São Tomé y Príncipe; ySeychelles, las Mascareñas y las Comoras, antes que Madagascar; y en realidad Tristán da Cunha, Asunción y Santa Elena antes que ninguna otra isla africana. Ahora que ya la tengo bastante trillada y me siento cómodo no me importaría volver a Sudáfrica, a seguir sumando las especies que me faltan. Y puestos a viajar aún más lejos, la verdad me llaman más la atención la diversidad moderada y de las zonas templadas que el agobio obsceno de las tropicales: Norteamérica antes que el Amazonas, Japón antes que la Sonda, Nueva Zelanda antes que Australia...


... y yo creo que como carta a los reyes ya vamos bien, ¿no? Ya iré actualizando esta entrada cuando toque.

domingo, 14 de marzo de 2021

Nací(o) en el Mediterráneo (libros de 2021, 4/x)


Una de las muchas cosas buenas de tener una amiga como Raquel es que de vez en cuando los Reyes te dejan algo en su casa también; en este caso el 4º libro del año. Qué bien, tras varios ensayos tenía ya ganas de un poco de ficción (aunque, al ser novela histórica, uno no deje de aprender algo). Y además me ha gustado bastante y me lo he despachado deprisa; también ayuda el hecho de volver a echar varias horas a la semana en el metro y la renfe con esto de volver a trabajar...

El libro es una adaptación novelada de las peripecias de León el Africano, autor cuya vida por otra parte se conoce (o se supone más bien) a partir de su única obra completa: Della descrittione dell’Africa et delle cose notabli che ivi sono, una descripción de sus viajes a ambos lados del Sahara que, si bien resulta ajustada a la realidad, no sabemos cuánto tiene de vivencia autobiográfica, cuánto de testimonios recogidos de terceros, o cuánto de invención. Ateniéndonos a este libro, la familia de León habría abandonado Granada siendo este un crío poco antes de su captura, emigrando a Fez. Allí el joven habría recibido una buena formación y emprendido una serie de viajes de negocios y diplomáticos al servicio de diversos señores, que lo habrían llevado de imperio islámico en imperio: del Songhai al sur del Sáhara al de los mamelucos en Egipto, y luego al Otomano. En algún momento de estas peripecias es capturado y puesto al servicio del Vaticano, de León X primero y de Clemente VII luego, que se habrían valido también de sus servicios como diplomático. Se le pierde la (tenue) pista histórica a León tras el sacco de Roma y se le supone de vuelta en tierras moras.

La novela, de Amin Maalouf (periodista de guerra y escritor franco-libanés, gran conocedor de primera mano de las relaciones y tensiones entre los distintos pueblos de Oriente Medio), se aprovecha mucho de la obra original de León, pero rellena los huecos de esa narración pintándonos en primera persona un personaje simpático y que, como Simbad el Marino, tiene la suerte de caer siempre de pie, por muy inverosímiles que sean las circunstancias de la vida. El carisma del personaje por un lado, y el marco en que se encuadra su vida (y la novela) por otro, en unas primeras décadas de la Edad Moderna en que el Mediterráneo está terriblemente tensionado entre imperios cristianos y musulmanes, hacen que el libro entre muy bien; son quinientas páginas que casi ni se notan.